La profética mirada de Esteban Gumucio acerca de Óscar Romero

HOMILÍA EN LA MISA DE ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE MONSEÑOR ROMERO. 23-III-1993

¿Por qué el pueblo de Hispanoamérica honra como un santo a monseñor Romero? Sería pretensioso dar una respuesta integral a esta pregunta. Solo quisiera evocar algunos rasgos que hacen de mons. Romero un hombre providencial, una figura que continúa evangelizando a nuestros sufridos pueblos. El pueblo cristiano ha propuesto y pedido su canonización ante su santidad, por ver en él a un mártir de la caridad y a un obispo confesor de la fe.

En primer lugar, en mons. Romero, el pueblo de Dios reconoce a un verdadero mártir. Antes de ser mártir por la sangre derramada en testimonio de Jesucristo, mons. Romero vivió previamente en martirio de su corazón de hombre honesto, de hombre de fe, que asume el martirio de su pueblo.

Refiriéndose a algunos de sus sacerdotes asesinados por la represión, él decía: “son verdaderos hombres: han ido a los límites peligrosos, donde se puede señalar a alguien y se termina matándole, como mataron a Cristo”.

Él fue uno de esos verdaderos hombres, uno de esos “mártires” en el sentir del pueblo, inspirado en su ardiente fe de discípulo de Cristo, quiso vivir radicalmente, ese amor a Dios auténtico que proclama el Señor en la parábola de Mateo 25: “Ven, bendito de mi Padre, recibe en herencia el Reino que te fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba de paso y me diste alojamiento, y desnudo y me vestiste, enfermo y me visitaste, preso y me viniste a ver… Cada vez que lo hiciste con el más pequeño de mis hermanos, lo hiciste conmigo”.

Mons. Romero no tuvo miedo de ponerse a mirar dónde estaba su amado Señor con hambre, empobrecido y desnudo, preso y marginado. Y no tuvo miedo en comprometerse. Su amor a Dios y a su pueblo le hizo adquirir plena conciencia de ser una luz encendida para alumbrar y no una candela apagada, escondida debajo del canasto. No tuvo miedo: dijo a plena luz lo que se escondía en la oscuridad; proclamó desde los tejados lo que, primero, había escuchado en su corazón de creyente y lo que sus ojos habían visto en los rostros sufrientes de los pobres y perseguidos…

Los mártires tienen vocación de huella: testifican a Cristo con tal fuerza, que dejan marcada la senda con gotas de sangre. Son indicadores de las vetas históricas donde se esconde el auténtico amor a Dios. Son flechas que apuntan al único camino por el que el Espíritu Santo moviliza a los hombres de buena voluntad en busca de la justicia para los pueblos de la tierra.

La pobreza de las grandes mayorías y el desconsuelo de los que sufren la violencia de la injusticia, parecen no tener rutas de superación para los hombres sin fe ni esperanza. Los mártires son aquellos que no se dejan convencer por las fáciles apariencias ni se dejan vencer por el fatalismo. Son hombres de fe y esperanza, por eso saben escuchar el grito de Jesús crucificado en medio de su pueblo; saben que ese grito de dolor que clama al cielo, es también clamor de resurrección y vida nueva. Por eso los mártires como mons. Romero no son signos de desesperación o de odio, sino embajadores de esperanza, hombres que creen en la misteriosa y poderosa vocación de los pobres; hombres que han creído en el amor.

En cierta manera, podemos decir que los mártires no se improvisan. Tampoco son un producto de la planificación y programación. Son un regalo de Dios; gratuitos, como es gratuita la misericordia del Señor. Pero no lo olvidemos: ellos fueron libres para aceptar el llamado y la gracia del martirio: esa libertad del corazón no se improvisa: es la explosión de un amor que ya venía subiendo, como la savia de los árboles desde las raíces.

Y el amor es una de las experiencias más hondas y totalizantes que puede vivir la persona humana. Es lo “decisivo” en la experiencia cristiana, tanto cuando se habla de la relación del hombre con sus semejantes, como de la relación del hombre con Dios.

Mons. Romero antes de caer como fruto maduro en su martirio, fue un cristiano que se dejó trabajar por la fe en el amor que Dios nos tiene. Estaba penetrado de la contemplación del hijo de Dios, que por amor y en obediencia a la voluntad del Padre, se ha hecho débil, vulnerable, hasta el punto de poder ser conducido a la cruz. En Jesucristo, mons. Romero miraba el amor de Dios tomando un rostro concreto. ”Me amó y se entregó por mí”… Descubría que Jesús no solo es la garantía del amor verdadero, sino también el revelador del estilo de acuerdo al cual Dios ama. Es el que amando, nos enseña amar. Mons. Romero hizo suyo aquello que decía don Manuel Santos, en uno de sus retiros: “Estar con Cristo es estar con los grandes amores de Cristo y renegar de los grandes rechazos de Cristo”. Mons. Romero debió aprender a vivir este estilo de amor “a lo Jesús”, en medio de la dolorosa experiencia de nuestras iglesias latinoamericanas… La bala que lo ultimó al pie del altar de la catedral, no es sino las última consecuencia de su amor “a lo Jesús”.

El 1 de abril 1979, un año antes de su martirio, predicaba en la catedral: “A cada uno de nosotros nos está diciendo Cristo: «Si quieres que tu vida y tu misión fructifiquen como la mía, hazlo como yo: conviértete en grano que se deja sepultar, déjate matar, no tengas miedo. El que rehuye el sufrimiento se quedará solo. No hay gente más sola que los egoístas. Pero si por amor a los otros das tu vida como yo la voy a dar por todos, cosecharás muchos frutos… No le tengas miedo a la muerte, a las amenazas. Contigo va el Señor». El que quiera salvar su vida, es decir, el que quiera estar bien, el que no quiere tener compromisos, el que no se quiera meter en líos, el que quiere estar al margen de un situación en que todos tenemos que comprometernos, este perderá su vida… ¡qué cosa más horrorosa haber vivido bien cómodo sin ningún sufrimiento, no metiéndose en problemas, bien tranquilo, bien instalado, bien relacionado políticamente, económicamente, socialmente! Nada le hacía falta, todo lo tenía… ¿de qué le sirve?… perderá su alma. Pero el que por amor se desinstale y acompañe al pueblo y vaya con el sufrimiento del pobre, y se encarne y sienta suyo el dolor, el atropello, este ganará su vida, porque mi padre lo premiará». Hermanos, a eso nos llama la palabra de Dios en este día, y yo quisiera de veras tener toda la capacidad de convicción para decirles: ¡vale la pena ser cristiano!”.

El segundo rasgo que la gente de nuestros pueblos destaca en la figura santa de mons. Romero es el de un gran obispo, un pastor para nuestros días. Fue un gran obispo que comprendió y asumió un punto muy destacado en el Concilio Vaticano II: la convicción de fe que la iglesia no es para sí misma, sino para el mundo. Su ideal era construir, ayudar a construir, en comunión con los demás pastores y con el pueblo de Dios entero, una iglesia que sea prolongación en el mundo de la acción de Jesucristo, al estilo humilde de Jesucristo.

“Desde este momento, decía en la misma homilía citada anteriormente, y en nombre de todos mis sacerdotes pido perdón por no haber servido con toda la entereza que el Evangelio nos pide, al pueblo al que tenemos que conducir; por haberlo confundido a veces, suavizando demasiado el mensaje de la cruz, que es duro… Yo no soy político, yo no soy sociólogo, yo no soy economista, yo no soy responsable para dar solución a la economía y a la política de este país. Ya hay otros, laicos, que tienen esa tremenda responsabilidad. Desde mi puesto de pastor, yo solo hago un llamamiento para que sepan usar esos talentos que Dios les ha dado. Pero, como pastor, sí me toca -y esto es lo que trato de hacer- construir la verdadera iglesia de nuestro Señor Jesucristo”. (25 de marzo de 1979).

Esa verdadera iglesia existe para evangelizar; esa también era la primera opción de su episcopado. Evangelizar, en el sentir de mons. Romero, es proclamar y mostrar con hechos que el reinado de Dios sigue puesto “cerca” de los hombres… Está aquí presente desde ya, germinando en la situación real a que están sometidos los pobres; está generando liberación, como estuvo haciéndolo en el ministerio histórico de Jesús.

Mons. Romero amaba entrañablemente a la iglesia: quería verla como ese fermento de renovación; muy concretamente, para nuestros pueblos de América hispana sometidos a tantas dominaciones. Veía la evangelización como el mayor servicio que la iglesia le puede prestar al mundo. Y que nadie más que ella le puede prestar a la manera de Jesús. Pero, al mismo tiempo, veía con claridad que la evangelización formal no adquiere densidad real si no va acompañada del servicio a la dignificación de los marginados, a la promoción humana, a la liberación de los hombres en todas sus dimensiones. Estos dos aspectos: evangelizar y servir no eran para mons. Romero dos líneas paralelas. La iglesia solo puede evangelizar, es decir, proclamar que el reinado de Dios está cerca, si ella misma está empeñada en realizar obras que liberen al hombre de las esclavitudes que lo oprimen.

”La iglesia, decía el 21 de enero de 1977, siente que este es su ministerio: defender la imagen de Dios en el hombre”. A partir de esta concepción de iglesia, mons. Romero asumió el rol de profeta que corresponde al pastor. “Querer predicar, decía el 18 de febrero, querer predicar sin referirse a la historia en que se predica, no es predicar el evangelio. Muchos quisieran una predicación tan espiritualista que dejara conforme a los pecadores, que no les dijera idólatras a los que están de rodillas ante el dinero y ante el poder; una predicación que no denuncia las realidades pecaminosas en las que se hace la reflexión evangélica, no es evangelio”.

“Una Iglesia que no sufre persecución, decía en otra homilía, sino que está disfrutando los privilegios y el apoyo de las cosas de la tierra, ¡tengan miedo!… no es la verdadera iglesia de Jesucristo”…

Para mons. Romero, la tarea primaria de quien tiene la autoridad en la iglesia debe ser la de buscar y discernir la voluntad del Señor. San Agustín lo decía lapidariamente comentando las palabras de Jesús a Pedro “Apacienta mis ovejas”; decía: “Apaciéntalas como mías y no como tuyas”. En esta búsqueda de la voluntad de Dios, mons. Romero se situaba dentro de la comunidad, solidario con su pueblo, no fuera ni encima de ella. Esto brilló extraordinariamente en él. Su diario íntimo está lleno de testimonios que lo muestran realmente inmerso en la vida de su pueblo, participando de su situación y de su sensibilidad, informado, presente con toda su persona, activando evangélicamente la función crítica que tiene la iglesia.

Buscando esa voluntad de Dios, su Señor, vamos a encontrar en mons. Romero una característica de Pastor, muy necesaria en nuestro tiempo: un espíritu positivo, la alegría de un hombre de Dios que vive con su pueblo el reto o desafío de la esperanza.

Decía el 20 de mayo de 1979: “No hay derecho para estar tristes. Un cristiano no puede ser pesimista. Un cristiano siempre debe alentar en su corazón la plenitud de la alegría. Hagan la experiencia, hermanos; yo he tratado de hacerla muchas veces y en las horas más amargas, cuando más arrecia la calumnia y la persecución: unirme íntimamente a Cristo, el amigo, y sentir más dulzura que la que dan todas las alegrías de la tierra: la alegría de sentirse íntimo de Dios, aún cuando el hombre no lo comprenda a uno. Es la alegría más profunda que puede haber en el corazón”.

Esta esperanza alegre del pastor es parte de la predicación evangélica, y parte muy necesaria hoy día, sobre todo para los jóvenes. A mons. Romero le vino esta actitud esperanzada y alegre, de su conciencia de ser siervo de Cristo, y sobre todo amigo, que buscó su intimidad. Él ejerció valientemente y claramente su autoridad, pero sin ponerla en primer plano; una autoridad concebida en el servicio, le hizo no hacerla valer por sí misma, no rigidizarla; la quiso siempre transparente y leve, ordenada a convencer más que a someter, ordenada a dar orientaciones y leyes grabadas o escritas en el corazón, comprendidas e interiorizadas por la comunidad. “Es divertido, decía con humor, yo he recibido en esta semana acusaciones de los dos extremos: de la extrema derecha porque soy comunista y de la extrema izquierda, porque ya me estoy haciendo de derecha. Yo no estoy ni con la derecha ni con la izquierda. Estoy tratando de ser más fiel a la palabra que el Señor me manda predicar, al mensaje que no se puede alterar, al que a unos y a otros les dice lo bueno que hacen y las injusticias que cometen”.

Quisiera terminar esta evocación del mártir y del pastor con esta cita de sus palabras dichas pocos minutos antes de ser asesinado: “El Reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra: cuando venga el Señor, se consumará su perfección… Esta es la esperanza que nos alienta a los cristianos. Sabemos que todo esfuerzo por mejorar una sociedad, sobre todo cuando está tan metida esa injusticia y el pecado, es un esfuerzo que Dios bendice, que Dios quiere, que Dios nos exige”.

Aprendamos todos la lección que Dios nos regala en este valiente mártir y humilde pastor.

Amén.

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